El final

Todos hemos sentido en algún momento de nuestra vida que hemos encontrado al “amor de nuestra vida” y hemos deseado que la relación con esa persona dure para siempre. Pero las estadísticas nos demuestran que el amor eterno es más una excepción que una regla.

Cuando una relación se acaba, por mucho que nos empeñemos en disimular nuestros sentimientos, el dolor que nos produce la herida, sea cual fuera nuestra edad, puede ser una de las experiencias más duras, más difíciles que nos pueda tocar afrontar.

Tristeza, nostalgia, apatía, desgano generalizado, frustración, culpa, rencor, falta de deseo, todos sentimientos relacionados con la ruptura. Sería preocupante, no tenerlos, no sentirlos. Son vivencias de desamor o schock, que muchos suelen llamar simplemente despecho, pero no siempre lo es y depende de las causas de la ruptura.

Hay casos en que el amor suele acabársele a una de las partes. Al otro sólo le queda aceptar, resignarse. Porque no se puede obligar a nadie que nos ame.

El principio de la crisis, de la separación propiamente dicha, es la peor etapa, pues son las emociones las que nos dominan y vivimos la ruptura con gran tristeza y culpa. Luego viene el rencor y es “al otro” al que vemos como culpable. Culparnos o culpar son estados que pueden irse alterando mientras no veamos la realidad tal como es. Aceptar las cosas con calma, es lo mejor, si el amor se acaba, sólo hay que seguir, vivir nuestra etapa de “duelo”, y continuar. No es fácil, pero son situaciones que debemos superar, pues la vida continúa.

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